Papa Francisco: eres una estrella…

El Papa.- ¿Dónde has estado? Te he echado de menos estos días.
Suegro del Papa.- En Betsaida, en Galilea. Todavía me gusta ir por allí. Y más en Semana Santa. Me he acercado a Jerusalén en ramos. Aproveché que tú ibas a estar muy ocupado. Eres una estrella…
El Papa.- Lo dices con retintín.
Suegro del Papa.- No. Lo digo sinceramente. Creo que vas a dar mucho juego mediático.
El Papa.- ¿Y eso es bueno o es malo?
Suegro del Papa.- Malo no será. Bueno, ya te diré. Hasta tus llamadas de teléfono salen en los papeles.
El Papa.- ¿Lo dices por la del kiosquero argentino de Buenos Aires?
Suegro del Papa.- Pues sí. La verdad: Me gustó. Hasta me emocionó.
El Papa.- Es lo menos que podía hacer. Son buena gente, me han ayudado con su entrega diaria del periódico, con sus conversaciones y su amistad. No quiero costarles dinero por no pagarles y además me apetecía hablar con ellos. Son mi familia, mis amigos, los de todos los días en mi vida de viejo cura Bergoglio de Rivadavia.
Suegro del Papa.- No te expliques, que lo entiendo. Te pareces a mi Pedro, que en el fondo también era un sentimentalón. Me ha gustado eso de que” no ibas a agarrar la batuta, porque eso de ser Papa es un fierro caliente”.
El Papa.- ¿Me creerías que si lo llego a saber, a lo mejor ni vengo de Buenos Aires?
Suegro del Papa.- Pues igual nos habíamos perdido un buen Papa. ¡Y eso que decían que iba a ser uno joven…! Te veo caminar como un poquito cojo.
El Papa.- Vale, estoy viejo. Tienes razón.
Suegro del Papa.- No te lo tomes a mal. ¿Qué tal con Benedicto XVI? A él sí que lo vi viejo. Me parece que ha pegado un bajón importante.
El Papa.- Ha sido emocionante. Cada día le quiero y le admiro más. Ahora me toca a mí remar. Y valgan verdades que lo voy a hacer con toda mi alma. Pero a mi manera. Quiero estar con todos los que me necesiten. Esta semana, a rezar, que es lo que toca. Y en cuanto asumamos la resurrección, y desde que la asumamos, a trabajar por la vida terrena y la eterna de todos y de todas. Que Dios me ayude.
Suegro del Papa.- ¡Cómo no te va a ayudar! Todo el día con el ritornello de acabar siempre con un “recen por mi”. Así que si no te hace caso a ti, se lo hará a los que rezan. Y luego estoy yo: como defraudes, después de la esperanza que estás generando, me vas a oír.

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¿Ganó Obama?

Suegro.- ¿Ha ganado el tuyo?
El Papa.- ¿Qué mío?
Suegro.- ¿Te estás quedando conmigo? Obama o Romney.
El Papa.- Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Suegro.- No me vengas con frases de tu amiguito. ¿Ha ganado el que querías o no?
El Papa.- Yo no quería uno u otro. Cada día estoy más convencido de que no somos de este mundo y que no debemos estar aliados con el poder porque estaremos contra los pobres.
Suegro.- No piensan así muchos de tus capitanes… Por cierto, dónde anda el crack del Cardenal de New York ¿o también se ha ido de fin semana a Portugal…?
El Papa.- ¡Qué ácido eres! Está en su sitio. Hablé ayer con él. Me ha dicho que ahora querría tener más poder que nunca, para que le escucharan los poderosos.
Suegro.- ¿Por qué ahora?
El Papa.- Porque hoy, que ya han pasado las elecciones, empieza el verdadero drama de muchos newyorkinos que lo han perdido hoy. Pasadas las elecciones, se olvidarán de ellos. Y este inverno morirá mucha gente en la calle de frío y hambre ¡Eso en América! ¡Cómo estarán a Haití! Para eso nos vale el poder, para eso le vale ser cardenal: si fuera un simple cura no le escucharía nadie.
Suegro.- Bueno, pero ¿Obama o Romney?
El Papa.- ¡Pesado eres! ¡Anda, vete a dar una vuelta!

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